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El año 2003 ha sido un año de duros ataques terroristas en todo el mundo. El sudeste de Asia figura entre las zonas con mayor número de atentados, hecho que ha tenido repercusiones muy negativas en la estabilidad política y el desarrollo económico de diversos países de esta región. A pesar de que los gobiernos han obtenido grandes éxitos en la lucha y la cooperación antiterroristas, la tarea a la que se enfrentan es aún muy ardua.
De los países de dicha región, los más castigados por la plaga del terrorismo han sido Filipinas e Indonesia. Éste último es el principal centro de operaciones de la organización terrorista Jemaah Islamiyah. Cuando aún no se había desvanecido el temor provocado por el atentado terrorista en la isla indonesia de Bali, en mayo la capital Yakarta se vio sacudida por una serie de explosiones en importantes lugares, entre ellos el cuartel general de la policía, el aeropuerto internacional y la sede del congreso. A ellas vino a sumarse la explosión provocada en agosto en el hotel JW. Marriott, que se saldó con 12 muertos y decenas de heridos. Por otra parte, la cadena de explosiones registradas en el sur de Filipinas confirmaron la penetración del grupo terrorista Jemaah Islamiyah en dicho país. Estos ataques terroristas han creado un problema de difícil solución, puesto que han influido muy negativamente en el turismo y el desarrollo económico de estos países.
Ante la gravedad de la situación, a lo largo de este año los países del sudeste de Asia se han apresurado a tomar medidas y han recurrido a todos los medios a su alcance para potenciar su capacidad de lucha contra el terrorismo y encontrar nuevos métodos para enfrentarse con él. Buena prueba de ello es que Indonesia, Tailandia y otros países han promulgado leyes antiterroristas. El tribunal de Indonesia ha iniciado el juicio a los responsables del atentado de Bali. Entre los más de 20 terroristas sentenciados figuran los tres máximos responsables, contra quienes se ha dictado pena de muerte. Al mismo tiempo, Indonesia ha intensificado su lucha contra el terrorismo, como lo demuestra la detención de decenas de miembros de Jemaah Islamiyah y de 20 y tantos presuntos implicados en el atentado cometido en el hotel JW. Marriott. Al mismo tiempo, los países del sudeste de Asia han impulsado el intercambio de información y de servicios de inteligencia, gracias a lo cual su cooperación en la lucha antiterrorista ha experimentado avances notables. En agosto, la policía tailandesa detuvo en Bangkok a Hambal, el terrorista más buscado de la región y uno de los principales cabecillas de Jemaah Islamiyah.
A pesar de los progresos logrados en esta lucha, los países del sudeste de Asia saben perfectamente que siguen en libertad terroristas muy peligrosos capaces de fraguar nuevos atentados; por otra parte, Jemaah Islamiyah está reclutando a nuevos militantes y reconstruyendo su cúpula. Los dirigentes de los países de esta región creen que, además de fomentar la aplicación de medidas antiterroristas, es necesario cortar los canales de financiación de las organizaciones terroristas y erradicar en la medida de lo posible las causas del terrorismo, una de las cuales es la pobreza. Asimismo, durante este año han reiterado la importancia del desarrollo económico y de la eliminación de las diferencias entre ricos y pobres. Por otro lado, han advertido que el terrorismo no debe tomarse como pretexto para intervenir en los asuntos internos de otros países y obstaculizar los contactos comerciales. Algunos analistas han señalado que, dadas las diferentes circunstancias imperantes en los diversos países y las dificultades concretas que afronta cada uno de ellos, la lucha contra el terrorismo en esta región del mundo seguirá siendo una tarea muy ardua.
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